Siguenos en las redes sociales

LA HISTORIA DE NORI: GATITO ABANDONADO EN ADOPCIÓN

Creado por: In: Sin categoría 12 Ago 2017 Comentarios: 0

Os voy a contar una historia.
Mi historia.
Que se repite una y otra vez.
Y que es tan fácil de evitar…
Pero empezaré por el final. Porque no a todas las personas les gustan las historias tristes.
Solo hace unos días mi vida dio un cambio brusco. Dicen que ahora tengo un hogar de acogida. Las personas que me cuidan me llaman Nori. Me gustan, aunque por la mañana y por la tarde me fuerzan a tomar algo asqueroso y me lavan los oídos. No es agradable, pero me estoy dando cuenta de que me siento más fuerte. Tengo ganas de levantarme por las mañanas, ronronear y recibir cariño. Aunque el cariño venga después de las pastillas. Todavía me encuentro un poco solo, dicen que puedo contagiar a otros gatos, porque sigo resfriado, aunque la piel ya no me pica. Ya no tengo nudos y mi cuerpo está limpito. Mi aseo está limpito. Tengo pienso y lata sabrosa en mi plato, y agua fresca cada día. Son cosas muy simples, pero sentirme cuidado me hace feliz. Dicen que tendré un hogar muy pronto. Espero que sí, así podré estar acompañado todo el tiempo. Porque sólo tengo un año y medio, tengo toda la vida por delante. ¿Verdad?

Fui un regalo. Como otros dos anteriores en forma de perro, que perecieron en la perrera. Un regalo para los niños.
Una bolita negra, un gatito persa, peludito… al que separaron de su madre y sus hermanos con un mes de vida, justo cuando empezaba a comer solito.
Me llamaron Misu, me recibieron con ilusión. Una ilusión que duró muy poco, ya que pronto empecé a ser un estorbo.
Los niños me llevaban por todas partes, me hacían daño. Yo no me resistía, era la única atención que recibía: ser su juguete.
Ya tenía seis meses y no tenía ni una vacuna, tampoco me desparasitaban. Estaba muy triste y un día decidí irme. Pero estaba desorientado y me senté en la escalera del portal. Una vecina me recogió: “¡Cómo puedes tener tantos nudos! No te escapes, no está bien…” Y me devolvió a mi casa.
Pero mis dueños no me soportaban.
“Es un guarro” – decían – “se caga en el bidé”. ¿Dónde tenía que hacerlo, cuando mi arena estaba tan sucia que no podía ni entrar?
Mi nombre se convirtió en una tortura. Cuando oía “Misu” quería esconderme lo más lejos posible.
Me llevaron a un patio, metieron allí mi sucio aseo y me dejaron allí. Pensé que estaría castigado por un rato, pero pasaban los días y no me dejaban salir. De vez en cuando me tiraban trozos de mortadela. Me sentía muy solo y muy triste y empecé a enfermar.
Me resfrié y mi cuerpecito se cubrió de hongos. Mis orejas estaban sucias y me picaba horrores. No dejaba de rascarme y me llene de heridas por todo el cuerpo.
Un día, me sacaron al veterinario. Estaba tan lleno de nudos que no podía ni caminar. Cuando me vio, el veterinario se horrorizó y dijo: “para pelarlo tengo que sedarlo, está muy mal. Serían cincuenta euros”. Esperaba que por fin dejaría de sufrir, pero no me dejaron en la clínica, era muy caro el precio, según dijo la mujer. Así que al día siguiente trajeron una máquina de pelar y se pusieron a pelarme. ¡Jamás sentí tanto dolor! No dejaban de pellizcar mi piel y arrastraron todas las heridas que ya de por sí tenía… Maullaba para que me dejaran en paz, mi sufrimiento duró una hora y la mitad de mi cuerpo dejó de tener pelo, no pude aguantar más.
Después volvieron a dejarme en el patio completamente solo. Mi única diversión durante todo este año era subirme a la ventana y observar el exterior. Un día de noche estaba medio dormido en la ventana y, de repente, noté que estaba en el aire. No sé si me empujaron o me caí. Cuatro pisos de caída libre, aterricé como pude. El cuerpo me dolía muchísimo. Me acurruqué en el césped, debajo de los chorros de agua fría y pensé que me estaba muriendo.
Pero sin quererlo, amaneció.
Y yo sentía un profundo dolor, en todo el cuerpo. Tenía muchísimo frío, estaba empapado. Estaba paralizado por el miedo y no podía moverme. Allí fue cuando alguien me envolvió en una toalla y me llevó fuera del césped.
Este fue el momento, cuando mi vida dio un cambio brusco. Dicen que ahora tengo un hogar de acogida. Las personas que me cuidan me gustan, aunque por la mañana y por la tarde me fuerzan a tomar algo asqueroso y me lavan los oídos. No es agradable, pero me estoy dando cuenta de que me siento más fuerte. Tengo ganas de levantarme por las mañanas, ronronear y recibir cariño. Aunque el cariño venga después de las pastillas. Todavía me encuentro un poco solo, dicen que puedo contagiar a otros gatos, porque sigo resfriado, aunque la piel ya no me pica. Ya no tengo nudos y mi cuerpo está limpito. Mi aseo está limpito. Tengo pienso y lata sabrosa en mi plato, y agua fresca cada día. Son cosas muy simples, pero sentirme cuidado me hace feliz. Dicen que tendré un hogar muy pronto. Espero que sí, así podré estar acompañado todo el tiempo. Porque sólo tengo un año y medio, tengo toda la vida por delante. ¿Verdad?

¿Quieres darme un hogar para siempre? Aquí está mi ficha.

Deja un comentario!

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *